Espejos de San José

 

 

Julieta Dobles

 

San José me conversa

desde sus espejismos embozados:

cada esquina de niebla, cada parque girando

en su verde burbuja sonora de yigüirros,

cada calle, barrida por un viento de hojas ateridas,

cada edificio que alza

su juventud, o su decrépita sustancia

en otro vértigo de maneceres,

todo en esta ciudad gira al recuerdo,

y para cada espejo yo tengo alguna imagen,

una fecha indeleble en algún calendario,

un júbilo dormido que despierta,

una diminuta agonía cotidiana,

trivial o dolorosa, pero siempre enraizada

al humus sensitivo de mi alma.

San José de mi infancia, en cuyo Parque Morazán

choqué por vez primera con la banca continua,

serpentina de tiempos y cementos,

desde una bicicleta alta y ajena,

árbol extraño de manubrios y barras

quimeras del ciclista,

que todos manejaban, menos mis cinco años

y su angustia de acortar la distancia

entre mis pies desesperados

y sus pedales ciegos.

San José desvelado y taciturno,

con sus noches de lluvia adolescente

y sus charcos desconsolados

en el asfalto opaco,

con sus aceras malintencionadas

donde las piedras de mil años

las de verdad y alcurnia, irregulares y ásperas,

se codean con las losas nuevecitas,

hijas de los cementos,

para crear trampas de relieve y luz

al pie desprevenido.

San José, el del Parque Nacional,

donde la tarde vela cada rincón furtivo

y las parejas de estudiantes

se besan tras el libro que no leen.

San José, el de los mercados sorpresivos,

donde, entre los aromas terrenales,

y los colores tercos y silvestres

de las telas, los marañones sabaneros,

el pescado que languidece en sus escamas

el sol que a todos llega,

los claveles carmesíes intentan

dominar todo olor con su incienso

de redondel en fiesta.

San José y sus mendigos,

los de ayer, los de hoy, sus eternos mendigos,

algunos chispeantes,

otros atrevidos y pícaros

y otros tristemente solemnes, o ateridos,

mirándose y mirándonos desde la gran burbuja

de locura y de pánico que exhala el desamparo.

San José y sus escuelas de campana y recreo

mañaneras, jubilosas a papel y a pizarra,

donde el bullicio salta sobre el silencio,

y éste sobre el bullicio,

con una regularidad de convento

que serena y reconforta,

como un árbol de yigüirros

y su acorde repetido e inmenso

en tus abriles breves,

como el sol de las cinco en tus cristales,

puntual sobre las tardes de verano impoluto.

San José y tus lloviznas de montaña tristona

en las tardes de octubres musicales.

San José y tu cerco azul y montañero,

velado por el polvo biennacido en la bruma

de tus mañanas de febrero,

o por la transparencia, total descaro de lo azul,

en las mañanas lavadas de setiembre.

San José y tus aires de gran ciudad,

en medio de tus calles de pueblón provinciano,

de transeúntes caprichosos

y humos invasores que no han respetado

ni a los blancos ángeles del arte,

perfectos y neoclásicos, con senos y sin alas,

de tu sufrido Teatro Nacional.

San José y mis juegos de niña de ciudad,

Donde aprendí cómo saltar de a dos en el mecate,

la cuerda endurecida y latigueante

como un tambor del ritmo,

junto a mi corazón desordenado.

A competir por la amistad,

a perder y a ganar jugando “cromos”

y “yaxes” y “escondido”,

a saborear el frío azul, azul

de alisios desgajados

a tus tardes domingueras de enero,

dando vueltas en el Parque Central

desde la juventud hacia la música,

hacia el amor desde la música.

San José, San José, te amo como eres,

con tus fealdades, que olvido fácilmente,

o con tus hermosuras,

que han brotado conmigo en la nostalgia

de todos mis exilios.

De ti recibí el mundo en los primeros pasos

y en ti dejaré al mundo, -tan ancho que me ha sido-

mirándolo y mirándote,

cuando deba decir algo solemne

enfrente de mi muerte,

en cualquiera de tus rincones

asombrados y míos.

[Costa Rica poema a poema. 1997. San José: EUNED.]