Historia mínima

 

 

Jonathan Lépiz

 

A César Umaña

y Alfredo Montero

San José, tormento de asfalto,

hoy libero mi resistencia hacia vos

ciudad siempre mía,

incorporada a la tristeza de mis paisajes.

Aquí he quemado banderas, amanecido en sus bancas,

he sentido el terror subir por el estómago sin motivo,

me he arrinconado en el drama abierto de algún cuarto.

Aquí desmiento el mecanismo de los relojes

y asimilo las leyes de la física cuántica,

me quito la piel, como si se pudiera

y me abandono reinventando caminos,

escudriñando planes para besar esos labios.

Ciudad sin ritmo,

llena de amores innecesarios,

tus heridas han sido arregladas

con hilos enfermos de gloria.

Aquí aprendí a desmentirme,

afilé hasta el cansancio los cuchillos de mi rabia,

acá, entre estas paredes de aire

buscaste a dios, desesperada,

buscaste ángeles que miraran las almas,

sostuvieran los cuerpos cansados,

acá supiste de la condena,

del hambre bajo los puentes

tu única respuesta fue el silencio, las presas, la asfixia.

Tus aceras de Cacique diluyen fantasmas,

sos olvido y nada más que eso.

Desde niña te enseñaron a ser puta

con tus perfumes de mierda, tus besos inmundos,

desde pequeña te adiestraron al miedo.

Por eso estás llena de sabios muriendo en hoteles,

cantantes ahogados en bares,

suburbios imprevistos,

cantinas donde se tejen historias al compás de un bolero.

Madre insólita, tus hijos bastardos

han aprendido a rumiar la costumbre, el humo.

Cuna de asesinos, majestuosidad arquitectónica.

En ocasiones el sol no quiere salir,

acostumbrarse al hedor de tus caños

y hay un baile pendiente en tus esquinas.

Aquí aprendí a negociar con el vacío de la danza,

navegué por asfalto buscando mis gritos,

desgarré edificios sacando auroras de noche,

dejé goteando los sueños para secar tus recuerdos.

Aquí acerqué la poesía a la ciencia,

derrumbé la leyenda de los números enteros,

te avisté entre los árboles, los autos,

en las líneas cansadas de un tren solitario.

Crucigrama incompleto, no le exiges demasiado a la sangre,

las ratas que habitan tus parques,

los faroles cabizbajos que no soportan la luz.

No exiges demasiado, reina xenofóbica

hay un inmigrante en cada cloaca limando tus uñas.

Celosa proxeneta, pederasta,

tus niñas y niños recorren oficinas, camas.

Hoy sos gris, como siempre,

una lluvia cubre tus ojos

siempre un discurso te invita al fracaso, siempre.

Tenés una iglesia por cada holocausto,

cómo quisiera escapar a tu suerte

esperar más que el destino de estatua

o la inmovilidad de la memoria psicótica.

Aquí he buscado el tumulto, las rocolas exactas

para escapar de mis vicios,

le he hecho el desayuno al olvido, el amor a tu sombra,

escrito metáforas para distraer a la muerte.

Aquí colecciono nostalgias y las dejo colgando

Junto a la colección de tarjetas.

Aquí he soñado que nieva, que la miseria se parece a los cuentos,

me he emborrachado hasta burlar la ansiedad, evitar el desastre.

He realizado peregrinaciones al sexo,

semanas de ayuno y cuando no hay resaca

me levanto contento y vuelvo a plantar mis despojos.

Niña perdida en las ojeras de la historia,

confuso racimo de enzimas que no dominan la química,

hoy te miro sin odio, con el rencor escondido,

es insípido echarte la culpa,

para eso están los ojos que miran.

Hoy hay un rastro de amor en mis labios,

Es un buen día para morir de pie y levantarme.

[Batallar contra la noche. 2007. San José: Editorial Costa Rica.]

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